Creo que el sexo es muy importante en la vida de una pareja y que no hay que descuidar esta faceta que, por otro lado, es muy entretenida. No juzgo, claro que no, a los que lo viven de modo diferente. La libertad es libre, decía mi madre, y es algo que no olvido nunca. A mí me encanta el sexo. Soy además de las que creen que el sexo con amor es mil veces mejor, más intenso y con grandes posibilidades de ir escalando en los ítems que ustedes quieran. Como en un deporte, es una cuestión de práctica y de conocer al compañero de equipo con sus gustos, sus fortalezas y sus debilidades.
Cuando me senté a escribir sobre lo que me gustaría enseñarles a mis hijas sobre el amor noté que sobre sexo sabíamos todo y que sobre el amor era más complejo hablar. Pareciera que, como evidencia de los tiempos, sabemos cómo cuidar nuestros cuerpo (o al menos hay mucha información disponible al respecto) pero no tenemos tan claro cómo cuidar nuestro corazón. Sexo e intimidad no van necesariamente de la mano.
Por eso creo que hay cosas que no reemplazan al sexo (además, no hay necesidad de reemplazarlo, con lo divertido que es) pero que exigen un nivel de intimidad que las relaciones sexuales no tienen obligatoriamente:
Una enfermedad: Desde una gripe hasta esas enfermedades tremendas. Que tu pareja se ocupe de tus medicaciones. Que te ayude a levantarte. La mirada del otro cuando a uno le cuelgan los mocos, o está en una cama de hospital, exigen una intimidad profunda y una confianza serena en el amor que nos tienen.
Un viaje largo: Hambre, sed, ganas de ir al baño, cansancio, transpiración y aburrimiento. Eso no se comparte con cualquiera.
La familia política: Ese cuñado, esa suegra, ese tío… que no son nuestros, pero aun así tenemos que lidiar con sus problemas y sus defectos. Los heredamos por la cercanía de la intimidad con el otro. Y por ningún otro motivo.
Una tristeza, un enojo o una zona oscura: Desnudar el alma. Dejar que se vean nuestras heridas. Descubrir nuestras zonas despintadas y sin brillo. Esto es de verdad mucho más difícil que desnudar el cuerpo.
El perdón: Poder pedir perdón. Saber perdonar. Ambas cosas desde lo más profundo de nuestras entrañas.
Dormir juntos: La necesidad de apoyar el cuerpo del otro en el propio y simplemente dormir o estar ahí, sin hacer nada, redefiniendo el concepto de descansar.
Los regalos: Desde un café a la mañana hasta un mega regalo que requirió un año de preparación. No se trata de presupuesto, se trata de conocer la fibra más íntima del otro para saber exactamente qué lo emociona, lo alegra o lo conmueve.
Nuestro cuerpo desnudo, despojado de lo sexual: Entre sábanas y en caliente, cualquier cuerpo vibra. Ahora, salir de la ducha (después de haber parido a dos, por ejemplo) con las estrías en primer plano, la toalla en la cabeza y los años que cumplimos, es solo para valientes. O para íntimos.
Ese abrazo: Hay abrazos que no necesitan palabras, que funden cuerpos e intenciones. Que tienen que ver con el interés genuino en el otro y que pueden significar “Te entiendo y estoy con vos” - “Estoy muy contento por tus logros” - “Te apoyo” - “Te acompaño” - “Te doy cobijo” y todo lo que se les ocurra.
En mi opinión, estas cosas son mucho mejor si además hay buen sexo. Y si hay buen sexo después de todas estas cosas (recordemos los mocos colgando, por ejemplo), es porque el amor es verdadero.
Una noche de brindis y sexo no es compleja ni difícil de conseguir, mi ideal de intimidad es que después de esa noche fantástica sigamos teniendo ganas de desayunar juntos a pesar de la lagañas en los ojos, los pelos parados y el mal aliento.
Por: Beta Suárez
Vía: Babble.